La vida regida por el ridí­culo :: Todo se puede en México…

La vida regida por el ridí­culo

Piedra de Sol

septiembre 28th, 2007

Comparto con ustedes esta nota de Javier Aranda sobre uno de los libros de poesía más brillantes en la historia de la literatura iberoamericana.

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  tomado de La Jornada viernes 28 de septiembre del año 2007.

    

Piedra de Sol a cincuenta años de su publicación

Publicado, por primera vez, uno de los poemas que han marcado un antes y un después en la poesía hispanoamericana. Me refiero a Piedra de Sol, de Octavio Paz, cuya primera edición fue publicada hace 50 años como una plaquette de 44 páginas en la colección Tezontle del Fondo de Cultura Económica y que tradujo al francés al poco tiempo de su salida Benjamin Péret, primero como Soleil sans Age para la editorial Flaize y después como Pierre de soleil para la prestigiada casa Gallimard.
  

A partir de 1959 las traducciones se multiplicaron: por lo menos existen cinco versiones al inglés. La primera es la de Muriel Rukeyser y la última la de Eliot Weimberger, que se incluye en la estupenda antología The collected Poems of Octavio Paz, publicada por New Directions.
  

La década de los 50 es fundamental para Octavio Paz, pues da a conocer dos de las obras que le dieron indudable prestigio internacional. Una es El laberinto de la soledad –de 1950, publicada originalmente en Cuadernos Americanos– y la otra, que hoy recordamos, Piedra de Sol, que además de las traducciones se ha reproducido en bardas como grafiti y en canciones populares: ‘amar es combatir’.
  

Este poema con el que pidió José Emilio Pacheco ser enterrado, forma parte de esa tradición del poema extenso que en nuestro país ejercieron sor Juana Inés de la Cruz, con Primero sueño; Manuel José Othón, con Idilio salvaje y, naturalmente, José Gorostiza con su hermético Muerte sin fin.
  

En la primera edición de Piedra de sol Paz incluyó una notita que aunque no pretende ‘explicar’ el poema nos ha dado luz a muchos de sus lectores: Piedra de sol está compuesto por 584 versos (los últimos y los primeros seis no cuentan, porque se repiten). Número idéntico a la rotación de Venus y al del ciclo registrado por el calendario azteca.
  

¿Cómo explicar el éxito de este poema circular? ¿Qué encuentran en él el erudito y el lector que apenas se inicia? Cada lector podrá darnos sus razones y todas, aunque distintas, serán válidas. Estas son algunas de las razones que me explican el por qué de su permanencia: la primera se refiere, sin duda, a la música que provocan los 584 endecasílabos perfectos.
  

Borges decía que los poetas habían hecho a un lado las formas clásicas de la poesía no tanto por obsoletas sino por incapacidad para practicarlas. Creo que es cierto y creo que este poema de Paz ha sobrevivido a las nuevas generaciones de lectores precisamente porque su arquitectura métrica es perfecta. No es difícil probarlo.
  

Los primeros versos de Piedra de Sol son, sin duda, algunos de los más repetidos en la lengua española, aunque no todos hayamos entendido a la primera lo que escribe el poeta: ‘Un sauce de cristal, un chopo de agua/ un alto surtidor que el viento arquea,/ un árbol bien plantado más danzante,/ un caminar de río que se curva,/ avanza, retrocede, da un rodeo/ y llega siempre…’
  

A esos versos los sostiene la reverberación de las imágenes pero, sobre todo, la música. La música, ese lenguaje que a veces sin entenderlo a todos nos gusta, es la hermana mayor de la poesía.
  

Pero Piedra de sol además de música es el encuentro de la tradición y la modernidad, la historia que nos atraviesa y el antídoto que, hecho de amor y erotismo, la neutraliza, ‘porque las desnudeces enlazadas,/ saltan el tiempo y son invulnerables’.
  

En los versos del poema está la España de 1937, el universo que se mueve por sus opuestos, el centro del mundo que nace cuando dos se besan, las máscaras podridas que dividen al hombre de los hombres, el amor como combate, la manera de transformar al mundo ‘si dos se miran y se reconocen’.
   Piedra de Sol marca el fin de una etapa y el principio de otra en el proceso artístico de Paz. También el antes y el después de la poesía hispanoamericana. En este poema Octavio Paz cuenta y canta, reúne al minuto y al milenio, nos permite mirarnos en ese tú que somos todos.
  

un sueño

octubre 26th, 2006

  

  

Han llegado, puedo sentirlos, su frío, su dolor, su soledad. Me despiertan con una caricia en el hombro Ya son más de las doce, me informan. Abro los ojos con algo de dificultad y los veo flotando, ahí, a un lado de la cama. Han llegado, han llegado para darme un mensaje desde la otra frontera, han venido para decirme que mis muertos están preocupados, que están inquietos porque me estoy acercando peligrosamente a los límites. Me hablan en una lengua desconocida pero que sin embargo comprendo perfectamente. Me siento a la orilla de la cama para verlos mejor, me tallo los ojos para verificar que estos no me engañan. Los espectros me son completamente desconocidos, ni por asomo logro identificarlos; quiénes podrán ser. No puedo evitar relacionar esta aparición con Dickens. No dejo de sentirme un Scrooge víctima de los tres espíritus de la navidad, aunque, estos que hoy han venido son cinco.

  

Uno de ellos trae un portafolios que abre para darme un cilindro que supongo es de metal, pero cuando lo pone en mis manos siento que me quema como hielo. Pienso que es un telescopio, más bien es como un caleidoscopio. A señas el espectro me pide que vea a través del ocular, y en ese momento pude observar con asombro todos los momentos felices de mi vida, los más felices, llenos de completa plenitud y alegría, absolutamente todos. Me quedo sin habla, pasmado antes esos momentos, algunos ya enterrados en el cementerio del olvido, de la sin memoria. Me siento completamente sobrecogido por esas visiones, por la presencia de estos mensajeros, me quedo sin gritos. Apenas un pequeño escalofrío, que se asemeja más a un temblor, hace estremecer los rincones más escondidos de mi piel, las lágrimas salen como gotas de una estalactita de invierno fundiéndose en pleno deshielo.

  

No, no puedo seguir mirando, no sé que hacer con estas visiones que los fantasmas han traído hasta aquí, dejo caer el cilindro de mis manos y se quiebra como si estuviera hecho de láminas de azúcar. Llevo las manos al rostro, trato de llorar con fuerza pero, sólo unos sollozos son capaces de abandonar mi boca. El espíritu ríe con la carcajada más terrible que mis oídos hayan conocido. En ese momento es donde el miedo se empieza a apoderar de mi, como si mi cuerpo empezara a ser escalado por un millón de hormigas.

  

Uno de los fantasmas se acerca cariñosamente y seca mis lágrimas con la punta de sus dedos sin carne al tiempo que otro, al parecer el más joven, introduce el dedo en una de las cuencas de sus ojos vacíos y obtiene un pigmento de color naranja con el cual pinta un signo desconocido en mi frente.

  

Todos me rodean, cada vez más próximos, empiezan a cerrar el cerco. Cae un rayo fuertísimo, que hace que se ilumine toda la habitación, la ciudad entera. Empieza a llover de una forma desproporcionada, los espectros ríen de mi condición indefensa.

  

  

Despierto, jadeante. Me doy cuenta que está lloviendo, los truenos y los relámpagos caen sin fin. Estoy sudando, respirando de manera acelerada, me levanto de la cama y los fantasmas no están ahí, miro a través de la ventana y veo un cielo de nubes muy bajas de color rojo intenso, pienso que nunca había visto el cielo así, jamás en mi vida, y no dejo de pensar que tal vez sea un augurio de algo que no tardará en acontecer.

  

Me quito la playera empapada de sudor, casi al grado de poder exprimirla. Acerco el vaso de agua a mis labios que siento secos, blancos. Tomo un sorbo y un reflejo de ahogo me hace toser. Voy al baño, enciendo la luz y me miro al espejo, me veo cansado. Reviso mi frente y no veo ningún signo pintado de anaranjado. Fue un sueño, todo fue un sueño, respiro, con largas pausas, aliviado.

  

Afuera sigue la lluvia, el cielo color rojo no deja de llamarme la atención, no deja de preocuparme,   aunque sea un poco. Vuelvo a la cama para tratar, otra vez, de dormir,   miro el techo unos minutos, escucho la lluvia golpeando la ventana, pienso en el sueño que acabo de tener, ciertamente extraño, no podría clasificarlo como una pesadilla, pero recordarlo, o tratar de recrearlo, me causa cierta incomodidad. Cierro los ojos, respiro profundamente, uno, aaaaaaaah, dos, aaaaaaaah, tres, aaaaaaaah, cuarenta y siete, aaaaaaaaaahh, doscientos ochenta y dos, aaaaaaaaahh, cuatrocientos cinco…

  

  

( ……………….. )

  

  

Están aquí, otra vez. Pensaba que se habían ido, pero están aquí. Siento frío, mucho frío, mis dientes castañean, trato de abrir los ojos, despertar, no quiero verlos de nuevo, no quiero volver a soñar con ellos, no puedo, no puedo despertar.

  

Abro los ojos, están ahí, aunque, solamente dos.

  

Me siento en la cama, quiero hablarles, preguntarles qué quieren, pedirles respuestas, uno de los espectros me pide a señas que guarde silencio, que no diga nada. No sé qué hacer, si levantarme y salir corriendo, (¿estoy despierto, estoy dormido, estoy muerto?) o hacer lo que me piden. Es terrible no darse cuenta qué es lo real, es la primera vez que tengo esta sensación, me siento completamente desvalido, que estoy a un resbalón de perder completamente la razón.

  

Uno de ellos me da un pequeño sobre de papel manila, lo recibo, lo abro, con más miedo que cuidado, hay algo ahí. Un dedo cercenado que tiene un anillo de compromiso puesto. Me quedo literalmente sin sangre cuando reconocí ese anillo,   yo lo había dado a alguien hace algunos años, el compromiso se había roto y aunque la persona en cuestión quiso regresármelo nunca pude aceptarlo de vuelta. ¿Para qué? Claro que no había olvidado el asunto pero con el paso del tiempo ya se había vuelto algo aceptado, algo que pertenecía al pasado. Pero en ese momento era la visión más espantosa que jamás he tenido y, además, el hecho de reconocer el dedo. Este estaba casi negro, lleno de pequeños gusanos, aunque la uña conservaba todavía el esmalte color rojo.

  

  

Cerré los ojos y otra vez el llanto no llega, se atora, otra vez el grito desaparece en el laberinto ciego de mi garganta, dejo caer el dedo sobre las sábanas, el anillo parece que me mira. Pero eso no era todo, adentro del sobre había un pequeño papel de reciclado hecho con esas hojas luminosas que caen de los árboles en el otoño. En él estaba escrito: ‘no olvides que este dedo lo cortaste, tú’
  

Verdaderamente no sabía qué hacer, ¿lo había cortado yo? ¿qué? ¿cómo? Se acerca el otro fantasma pidiéndome que no llore, qué no todo estaba perdido.

  

¿Perdido?
  

Quiero despertar pero no sé si ya lo he hecho; y si estoy despierto, quiero cerrar los ojos y dormir, soñar otra cosa, no soñar.

  

El fantasma me acerca una caja envuelta en papel para regalo, adornado con un listón negro muy brillante. Tomo la caja con más miedo que el sobre, pero también con una curiosidad irrenunciable. El espectro me sonríe como para darme confianza ¿Abro la caja? ¿La caja, realmente, está en mis manos?
  

En ese punto, la capacidad de mis reacciones emocionales o físicas se encuentran   completamente rebasadas, fuera del alcance de mi voluntad, de mis decisiones conscientes. Rompo la envoltura con descuido y desesperación, como si fuera un niño abriendo el primer regalo que recibe en su séptimo cumpleaños. Veo que el papel tiene impresas pequeñas fotografías color sepia con todos los momentos más terribles y desoladores de mi vida, de toda mi vida, toda.

  

  

El fantasma me anima para abrir la caja, pone su mano terriblemente fría en mi cabeza, como lo hace un abuelo con su nieto para demostrarle cariño. Abro la dichosa, la maldita caja. El contenido me parece completamente extraño, pero a la vez tan conocido. En su interior hay un habano, una estampa de la virgen, tres cartas del tarot que conozco bien: El Diablo, El Colgado, El Loco, una pequeña veladora, un poco de mirra, una carta del As de espadas, una botellita de aceite perfumado de jazmín, una estampa de La Mano Poderosa y del Sagrado Corazón, unos caracoles de mar, unas piedras: de jade, obsidiana y una que particularmente reconozco, era una piedra que pertenecía a una colección que tenía mi padre que, a su vez, le había regalado mi abuelo y, cuando yo era niño, por jugar con ella, la había perdido, no sé, tendría 8 o 9 años, realmente no recuerdo. Mi padre no me regañó, pero me habló de una forma que hacía evidente su decepción, como nunca lo escuché en mi vida.

  

  

Adentro también hay un papelito doblado en cuatro, papel delgado, de arroz. Tomo el papel y con resignación lo abro viendo al fantasma a los ojos. El papel dice:

  


  

                       ‘Esto que parece un sueño,
                       no lo es
                       esta caja contiene tesoros que van a protegerte
                       si es que todo lo haces bien,
                       al pie de la letra…

                       no huyas del   miedo
                       recuerda
                       este, siempre,   nos salvará la vida
  

                       Esta no será la única visita
                       prepárate
                       duerme profundamente
                       así será más fácil visitarte’
  

  

  

Abro los ojos, la luz de la mañana se cuela a través de la ventana, es otro día, llegó el día siguiente, ese que no sabemos si será el último. Me siento completamente agotado, el cuerpo me duele, me siento enfermo. Sigo acostado, tratando de reconocer los objetos de mi habitación, de digerir el sueño, o pesadilla que acababa de experimentar.

  

Todo había sido tan real, el horror nunca se había manifestado en mi como la noche anterior, qué extraño sueño, perturbador, puedo recordar los mínimos detalles, cuando normalmente en los sueños todo ocurre de manera borrosa, indefinida, donde las visiones se traslapan y se confunden y al día siguiente es casi imposible recrear todo con exactitud. No es mi caso, el sueño está aquí, permanece como una imagen capturada en una fotografía.

  

Ya, un poco más despierto, no puedo evitar reconocer un cierto olor desagradable, ácido, sutil pero constante, me pregunto con extrañeza qué es lo que puede ser. Huele como a, no sé, como si un pequeño ratón hubiera muerto debajo de la cama hace tres días. Por puro acto reflejo levanto la cabeza de la almohada y meto la mano por debajo y lo que siento me deja helado, siento que mis sienes empiezan a latir de manera desbocada.

  

Es el sobre de papel manila de mi sueño, y al tocarlo, inmediatamente sé que hay adentro, el olor es soportable pero pútrido. Meto la mano y, sí, efectivamente, el dedo con el anillo está ahí,   me levanto de un salto de la cama con un estertor de pánico, tiro el dedo hacia no sé donde.

  

‘No olvides que este dedo lo cortaste, tú’
  

No puede ser, no puede ser, no…En ese preciso instante, cuando aun tengo el corazón a punto de parar, veo que a los pies de la cama está la caja, la pequeña caja de madera como para guardar habanos y tirado en el piso los pedazos del papel de la envoltura. Me acerco, con un horror apenas soportable, pienso que estoy a punto de sufrir un ataque, pero no puedo soportar la curiosidad aplastante que me embarga y, desde luego, haciendo uso de fuerzas heroicas abro la caja y ahí está todo. las estampas, las piedras, el aceite de esencia de jazmín, las cartas del tarot, aunque la del Diablo tiene la esquina superior izquierda quemada. Suelto la carta, la caja, los caracoles estallan contra el piso, el contenido salta hacia todas partes de mi habitación.

  

  

No me queda otra más que caer de rodillas y llorar, ahora sí, llorar como nunca lo hice y nunca lo haré, con la desesperación propia de los condenados…

  

  

  

‘Esto que parece un sueño, no lo es…’
  

  

P.F.

  

  

  

  

  

  



  

  

Sabadazo

octubre 13th, 2006


Estás acostado en el centro de tu cama, miras el techo, le descubres no sabes cuántas manchas, formas que nunca habías visto, grietas. Será que otra vez no vas a dormir, será cierto?

Son las 12:15 de la noche, sales de la casa y empiezas a caminar hacia el centro, sólo once cuadras te separan de la catedral. La calle esta silenciosa, después de las 10:00 se pone como cementerio, como pueblo fantasma, sólo los perros callejeros te salen al paso para ver si tienes compasión y te los llevas a tu casa; más bien quisieras que fuera al revés, que te llevaran con ellos a vivir una vida de vagabundo, que te hicieran hombre libre.

La policía otra vez pasa muy despacio con sus farolas apagadas, te miran retadoramente a ver si te pones nervioso, pero no traes broncas y además, en esos momentos nada podía ponerte nervioso. Se fueron, dando vuelta a la izquierda en la siguiente esquina, tú seguías tu camino, tratando de ver en que lugar podrían ofrecerte unos tragos de peligro.

Llegaste hasta la plaza de los mariachis, nada. Qué penosa la plaza de los mariachis en Guadalajara, qué fétida y podrida, qué espanto estar ahí, casi como dormir en la misma cama con un cadáver de tres días, piensas. Por qué estás ahí, ¿para verificar que otros de verdad tienen una vida peor que la tuya?, ¿para sentirte un poquito mejor bajando de vez en cuando a oler la mierda y así darte cuenta que tus problemas son solo problemas de niño consentido y emberrinchado? o será que ibas ahí porque pensabas que alguien podría hacerte el favor de ‘mandarte al otro barrio’ por culpa de un descuido, una estupidez, como tumbarle el trago por accidente a un borracho aprendiz de narco.

¿Qué estabas haciendo ahí siguiendo los pasos de tus consejeros del infierno? Pero es que, ya nada importaba, no te dabas cuenta de la suerte con que contabas al tener la vida que tenías. Sí, un tanto accidentada, pero te gustaba el drama, te gustaba pensar sólo en polaridades, en principios y en fines, sin matices, y eso no ayuda cuando se trata de sobrevivir al desamor, a esa herida en llamas que parece nunca se apaga.

Te fuiste de ahí caminando por la calle de Obregón, subiendo, dirían los propios de guanatos y seguiste mirando los aparadores de la galería nocturna: niñitas de escasos 14, 15 años prostituyéndose ‘güerito que vas a llevar, acá es donde   está buena la fruta mi amor’ ahora son otros perros los que te escoltan, te impresiona la fidelidad o más bien la necesidad que tienen porque se le pegan a cualquiera, incluso a ti.

No sabes como llegaste al lugar, desde luego oscuro, con luces a medio morir, olía a orina vieja con naftalina, la barra parecía el mejor sitio para sentarse. Y empezaste tu ritual de auto flagelo, vodka tonic, por favor. Después de tres vodkas el lugar empezó a tomar cierto color, el olor a naftalina y drenaje desapareció, la oscuridad ya no lo parecía tanto y como que empezabas a relajar el cuerpo y el corazón se sentía un poco menos constipado, parecía que lo lograbas, eran las 2: 17 de la mañana y todo sereno.

Sábado en la madrugada, preguntaste que a qué hora cerraban, te dijeron que a las 2:30 pero como era fin de semana la policía les daba chance de cerrar más tarde, claro que pagando la cuota todo se arregla, te explicaron, pero ya estamos cerrando joven, el último? aceptaste y a la vez pediste la cuenta.

En ese momento se acercó a la barra un señor de unos 50 o 55 años calculaste, a pedir un trago más y también aprovechó el viaje para platicar contigo, pero más que hablar como que murmuraba cosas incomprensibles, como si te estuviera hablando en   mitad español y mitad caló con arameo. Su aliento olía como si llevara bebiendo 10 años consecutivos, no lo dudaste, de hecho, se le veía. Un tipo bajito, viejo, alcohólico, que estaba ahí, acaso por las mismas razones que tú, no te interesaba.

Pero el estaba esforzándose para que sí te importara su vida apagada y mediocre, porque hasta entre los que quieren   tocar fondo hay niveles, no todos sufren de la misma forma. algunos como tú piensan que su dolor existencial es el único.

El hombre insistía que le pusieras atención jaloneándote del brazo, poniendo una mano en tu hombro, tú trataste de ignoralo, intentaste soportar sus embates inoportunos con serenidad y prudencia, pero no querías escucharlo ni ser el paño de lágrimas de un borracho que ni sabías quién era ni de qué estaba hablando, completamente perdido, ahogado, dirías tú.

Apurabas el trago para irte y el señor se dio cuenta, porque pareció que se sintió ofendido; qué, ya te vas, no quieres platicar conmigo, qué te crees mejor que yo, TE CREES MEJOR QUE YO levantaba la voz, el cantinero le dijo al hombre que se calmara y dejara de molestarte; de cualquier forma ya iban a cerrar. El tipo dijo que no quería irse y que le dijeras por qué te creías mejor que él, que sus historias debían importarte. Tu expresaste un seco déjeme en paz, no me interesa lo que me diga,   y no, no me creo mejor que usted.
  

En ese momento el hombre sacó una pistola que traía guardada en los pantalones, y te la puso en la boca del estómago, para sorpresa de todos, del cantinero, de los meseros. Yo te voy a enseñar a escuchar a las personas pinche pendejo, a que ahora si me vas a escuchar, no que no…
  

Sentiste un sensación entre frío y calor, junto con unas ganas imperiosas de vomitar, mientras, el hombre seguía empujando la pistola contra tu abdomen. En dos segundos reflexionaste sobre todos los errores que habías cometido en tu vida, estar ahí fue clasificado como uno de los principales. Por primera vez en muchos años pudiste apreciar con claridad la línea de peligro donde te habías parado tantas veces.

Todo quedó estático, en silencio, no podías escuchar nada de lo que estaba pasando, veías los labios del hombre moverse en cámara lenta   No entendías con qué facilidad te habías metido en esa trampa, todavía con la pistola en tu abdomen, y tú apretabas los dientes esperando que en cualquier momento se le disparara el arma.

Fue tan rápido, uno de los meseros que había estado observando tomó la mano del hombre por detrás, forzándolo a levantarla, retirándola de tu estómago, por el forcejeo algunos tiros, no puedes precisar si fueron 2 o 3 o 100, se le dispararon, con una rapidez inaudita el cantinero saltó del otro lado de la barra para ayudar a su compañero a someter al tipo, tú ya estabas caído en el piso debajo de una de las mesas revisándote el cuerpo con ambas manos para saber si no te encontrabas herido, el hombre soltaba improperios en medio de su alucinación alcohólica mientras terminaban de quitarle el arma y sujetarlo para que no escapara.

No supiste cómo   fue que la policía apareció de inmediato, tal vez 1 minuto después de los disparos entrando al lugar para verificar qué estaba pasando, seguramente pasaban por ahí y escucharon.

Tampoco por qué a todos los clientes que estaban en el lugar, eran como cinco, se los llevaron a la estación de policía, aunque tú te esforzaste en decir que a ti te habían apuntado y que no habías hecho nada los policías argumentaron que eso se iba a aclarar en la estación, no te esposaron, pero te metieron en el asiento de atrás de la patrulla con otro de los clientes que estaba ahí, huuuuy qué mala onda, nos van a llevar al bote, pero, por qué a nosotros,   por culpa de ese pendejo, oye güero, pos qué le dijiste…
  

No, si el problema, precisamente, fue ese, que tú no le habías dicho nada, o no habías querido decirle nada. Ora si ya nos tocó el sabadazo, aaaaaaah hace mucho que no me tocaba, vamos a salir hasta el pinche lunes mi güero y todo por culpa de ese güey…
  

Después supiste que tu compañero de patrulla y después de celda se llamaba Rubén, el también se encontraba solo, bebiendo, tal vez por las mismas razones que tú, pero no quisiste profundizar en los detalles de su vida.

No era la primera vez que te metían al bote, era la segunda, pero qué segunda, con disparos y todo. El resto del sábado y el domingo completo estuviste tratando de encontrar la respuesta de cómo había sido posible que te hubieras metido en ese embrollo, que sin duda y de no haber sido por el mesero que le quitó al señor el arma tal vez no le estarías contando a Rubén a qué te dedicabas, qué hacías, por qué estabas en ese bar en la madrugada.

Él te escuchaba con la atención que ponen los niños cuando les estás leyendo un cuento. Rubén era franelero, lavacoches, vivía con una chica que lo dejó por otro y pues andaba triste y se fue a echar unos tragos madrugadores. Sí, te diste cuenta que de alguna manera, cojeaban de la misma pata.

Saliste junto con Rubén hasta el lunes en la mañana. Del hombre de los disparos jamás volviste a saber de él. Regresaste a tu casa y tu compañero estaba que echaba chispas del enojo y la preocupación, tú le contaste todo lo que te había pasado, te miró con ojos compasivos y te dijo que habían llamado de tu trabajo y él les había dicho que estabas dormido porque andabas enfermo, y que definitivamente no podías ir a trabajar.

Tuviste diarrea los tres días siguientes después de salir de la cárcel, no supiste si fue por el bolillo con frijoles que te dieron de comer los policías durante dos días, o había sido por el susto del predicamento en el que te habías metido. Trataste de seguir con ‘tu vida normal’ como si nada hubiera pasado…

Estás acostado en el centro de tu cama, miras el techo, le descubres no sabes cuántas manchas, formas que nunca habías visto, grietas. Será que otra vez no vas a dormir, será cierto?

P.F.